Las tertulias “Sabatinis”

Conocí a Rodrigo Peñalba y visité su casa, muy cerca a la mía, a mediados de la década de los años cincuenta. Yo aún no había cumplido los veinte y aunque se me acogía con amistad y cariño, no me atrevía a emitir juicioso a dar opiniones arriesgadas ante las personas, que por lo regular […]

Conocí a Rodrigo Peñalba y visité su casa, muy cerca a la mía, a mediados de la década de los años cincuenta. Yo aún no había cumplido los veinte y aunque se me acogía con amistad y cariño, no me atrevía a emitir juicioso a dar opiniones arriesgadas ante las personas, que por lo regular allí se congregaban. Permanecía callado, pero eso sí, atento a todo a lo que se desarrollaba a mi alrededor. Casi era de rigor asistir cada sábado, desde tempranas horas de la noche, a comentar los últimos acontecimientos y departir amigablemente los tragos que allí nunca faltaron. Jovialmente se habían institucionalizado como los sabatinos “sabatinis”, por la relación que tenía con Doña Victoria Cara, esposa de Rodrigo, de origen italiano, cuya dulzura en el lenguaje a todos cautivaba.

Muchas veces fui testigo de coloquios chispeantes, vivaces juegos de palabras e improvisaciones luminosas, que resultaba imposible retener, ni siquiera un esbozo, de lo que casualmente se había tratado.

De Don Rodrigo conservo un retrato que me hizo en 1969, en realidad me hizo tres, pero sólo me obsequió uno; más que suficiente para agradecérselo y recordarlo con afecto y especial cariño.

La Prensa Literaria

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